Los hoyuelos del ángel


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7–11 minutos

¿De que trata este relato breve?

En un pueblo donde los cementerios respiran más que las casas, una joven mira fijamente un ángel de mármol mientras imagina vidas que no vivirá. Los mensajes sin respuesta se acumulan en su teléfono. La obsesión no pide permiso.


El viento hizo vibrar los cristales de la habitación. Una cortina delicada cubría las ventanas de madera, dejando ver por momentos las cruces del cementerio. La joven se detuvo en la sombra que generaba la luz del atardecer sobre la capilla.

Unos hombres cavaban una fosa cerca del ángel de mármol. Su mirada fue de las alas a los músculos del torso. Acomodó su recto cabello sobre uno de sus hombros. Tomó un poco de perfume de uno de los frascos de la cómoda. De reojo observó la pantalla del teléfono sobre la madera de caoba. Su mensaje seguía sin respuesta. En un lapso de horas había enviado cientos de ellos.

Se acarició con los pulpejos su brazo, una caricia prolongada que por momentos sintió rasposa. El perfume se mezcló en la blanca piel.

¿Quién se cree que es?

Desde el primer piso de la casa de piedra, tan antigua como el pueblo, Sara trató de medir la cantidad de tierra al lado de la fosa. Su mente rumiaba ideas pegajosas.

Me quiere abandonar.

Se miró en el espejo sobre la cómoda. Sus pestañas arqueadas sobre los ojos avellana.

En un costado estaba su diario. Abrió cada hoja leyendo. Mordió sus labios. Las hojas vacías. Solo las fechas escritas en la parte superior con tinta azul.

Escribió un mensaje: «Me beso con quien yo quiera»

El piso de madera lustrada rechinó con sus pasos. La cama grande estaba cubierta de una manta color tiza. Sobre ella, dos fotos. El último rayo de sol refractó en el rostro del muchacho que la abrazaba en un bote.

Escuchó ruidos en el piso de abajo.

—Dios, ya llegaron —murmuró con desprecio. Reconocía los pasos de su familia. Eran cortos, pesados.

«Si no vienes, ya sabes lo que contaré», tecleó rápido.

Se acercó a la ventana y movió las cortinas; quería ver en plenitud al cementerio al anochecer. Los senderos sinuosos entre las estatuas y las lápidas. Abrió la ventana para sentir el frío y olor a las azucenas.

La brisa hizo caer las fotos.

Escuchó el llamado de su madre. Descendió despacio, escalón por escalón. Las paredes descascaradas. Los hongos negruzcos en las esquinas. Usó el resto del perfume en sus narinas.

¿Qué hago aquí?

En la cocina estaban ellos con café y queso. Se sentó manipulando con cuidado su vestido, acomodando la hilera de encaje blanco en sus rodillas. Pasó su mano por el cabello alisado.

—¿Cómo estás? —preguntó su padre.

Ella lo observó. Su ropa azul del trabajo. La panza que intentaba salir entre los últimos botones.

Elevó los hombros. Solo eso. Tomó un pedazo de queso y lo comió cortándolo en pedazos del mismo tamaño.

Un zumbido en su bolsillo.

«Voy esta noche»

Dejó el teléfono en la mesa con pantalla tapada. Miró a su madre, que rápido tomó la taza para lavarla.

En el ventanal de la cocina, un antiguo vitral con un pájaro azulado comenzó a silbar al pasar el viento.

Sara fue al pequeño comedor. Un sillón enfrentaba a una biblioteca vacía. Se sentó. Los pasos rápidos de sus padres detrás de ella. Los imaginó en la habitación. Ella usando su camisón rosa raído de algodón barato y él, con su calzoncillo de tela celeste, lavado hasta el cansancio.

Una mosca se posó en sus sandalias. Casi sin mover un músculo, usó sus dedos pulgar e índice para aplastarla.

Escuchó el sonido de una moto estacionada en la puerta.

Pablo.

Observó sus dedos. Rosas. Un ala cayó al piso. Sobre una repisa, una caja de madera labrada con guantes blancos. Una leve sonrisa al verlos. Acomodó dedo por dedo.

Al acercarse a la puerta de salida, recordó algo que su padre había dejado en la cocina.

Puede serme útil. Cubrió su vestido con un saco marrón.

El viento movió su pelo al salir. Él estaba ahí. Parado, mirándola.

—No quiero hablar aquí —le dijo ella.

—¿Dónde?

—En la capilla.

—¿Dentro del cementerio?

Ella cruzó la acera hacia el pórtico. Dos ángeles grises con las alas contenidas, abrazando sus cuerpos, generaban sombras sobre el césped , mientras ingresaban.

—Me voy, ya no quiero que nos veamos más —le dijo él.

—¿Por qué me gritas?

—No te estoy gritando.

Ella detuvo su mirada en unos lirios blancos que se movían sobre una tumba. Él se adelantó, veloz.

—Le voy a decir a todos que me obligaste a perderlo —le gritó mientras pasaba.

—¿Quién te va a creer? Nadie. Todos te vieron.

—¿Qué vieron?

—No te hagas la tonta. La semana pasada, me pegaste frente a todos. No moví un pelo porque sabía lo que buscabas.

El siseo de un búho sonó desgarrador en la noche.

Sara acomodó su pelo castaño. Dentro del saco sintió el frío del metal tras la tela suave del guante. El búho abrió sus alas asomándose sobre una lápida.

El movimiento suave del índice en el gatillo. El disparo en la noche. Sonrió al sentir el sonido de la bala en el omóplato.

Pablo cayó de bruces en el césped. Al costado, el mármol blanco se salpicaba de manchas púrpuras.

Lo vio moverse como la mosca.

El rostro asustado tenía la mandíbula marcada como a ella le gustaba. Buscó los hoyuelos de su sonrisa, pero se ve que los había perdido. Las lágrimas otorgaban un reflejo a la luna sobre sus ojos celestes.

Sara miró el arma y apuntó; por un segundo se distrajo con el movimiento de los lirios blancos. Luego disparó a esos ojos.

La sangre mezclada con encéfalo se esparció entre el musgo.

Buscó al búho. Le gustó que fuera blanco.

Caminó en busca de la fosa abierta. La pila de tierra acumulada en los costados. El olor a tierra húmeda se mezclaba con el de la sangre que persistía en su mente.

Tiró la pistola reglamentaria de su padre en una de las esquinas.

Con mucho cuidado, para no ensuciarse, tapó con tierra.

Al finalizar, guardó sus guantes con cuidado en el saco. En el camino de regreso tomó dos lirios.

Se sentó en su cuarto frente a la ventana. Dejó los lirios cruzados en el piso de madera.

Al amanecer vio los movimientos en el camposanto. Las personas se movían como hormigas. Tomó un poco de crema hidratante y la esparció por su rostro. Observó cómo el ritual de la muerte llevaba otro cajón a la fosa abierta.

Un golpe en la puerta de su dormitorio. La voz de su madre.

—¡Hija, han matado a Pablo! La policía quiere verte.

Ella se sentó en su cama.

—Puedes decirles que suban.

Observó a los compañeros de su padre mirarla. Igual de gordos. Uno de ellos no se había afeitado y su barba le crecía irregular.

Son insoportables.

Las preguntas rebotaban en su rostro.

—Pablo tenía unas juntas que no eran muy buenas. Algo de drogas —insinuó.

Uno de los policías levantó los lirios colocados en el piso hacia el ventanal al cementerio.

Ella llevó todo su cabello hacia atrás.

Sus manos empezaron a temblar y el llanto la desbordó. Entre las lágrimas vio la cara de asombro de los policías y de su madre.

—No sé cómo decirlo. ¡Por favor, ayúdenme!

Uno de los policías la sostuvo. Ella observó las manos grasosas sobre su vestido blanco.

—Dios mío, Dios mío. Ha sido mi padre. Él lo mató para defenderme.

Una sombra como el ala de un ángel cubrió el piso del cuarto.

Nota del autor:

Para construir este relato, la elección del punto de vista era crucial. Optamos por un narrador equisciente en tercera persona, ceñido estrictamente a la psique de Sara. No nos interesa juzgarla desde fuera, sino obligar al lector a habitar su mirada clínica y distanciada.

Formalmente, el cuento se sostiene sobre la Teoría del Iceberg de Ernest Hemingway y los códigos del Brutal Realismode Rubem Fonseca: la prosa avanza desprovista de sentimentalismos o adornos líricos; la violencia no se exagera, se ejecuta con una naturalidad entomológica —como quien aplasta una mosca—. Tradicionalmente, el gótico clásico de autores como Edgar Allan Poe o Ann Radcliffe dependía de castillos medievales, espectros y la disolución de la cordura a través de lo sobrenatural. En este ejercicio de gótico moderno, sin embargo, el escenario claustrofóbico se traslada a la cotidianidad de un pueblo de piedra como Comillas ( España) , y el monstruo ya no es una entidad externa, sino la pulcritud sociopática de una joven que camufla su vacío moral tras hileras de encaje blanco y rutinas estéticas.

Desde el punto de vista filosófico, el relato funciona como un metamensaje sobre el solipsismo radical y la pulsión de dominio. Para la protagonista, el mundo exterior y los seres que lo habitan —su padre, su madre, su novio— no poseen una dignidad intrínseca; son meros accidentes geográficos o piezas de un tablero que deben ser corregidas o asimiladas para mantener intacta la simetría de su universo privado.

El diario con las hojas vacías y solo las fechas escritas en tinta azul es la metáfora central de esta postura: la realidad no es algo que se padece o se comparte, sino un espacio en blanco que ella tiene el poder absoluto de reescribir a su antojo. El crimen, por tanto, no nace de un arrebato pasional, sino de una necesidad existencial de ordenamiento estático. Al destruir la mirada del otro y alterar el destino de su familia, Sara se instituye como la única narradora válida de su entorno, demostrando que el verdadero terror contemporáneo no radica en el caos, sino en la tiranía de un orden frío e inhumano.

Aunque el cuento se despliega en una atmósfera gótica atemporal, el detonante abstracto de esta ficción proviene de la crónica policial contemporánea: esos perfiles desconcertantes de criminales jóvenes, bellos y gélidos —cuyo exponente más paradigmático en el imaginario actual en Latinoamérica es el caso de Nahir Galarza en Argentina — que desafían nuestra comprensión de la empatía.

Sin embargo, la intención aquí no es hacer un ejercicio de voyerismo periodístico ni reconstruir un expediente judicial. El valor del relato radica en cómo la literatura nos permite seccionar la realidad para extraer su sustrato universal. Mientras la prensa se satura con el morbo del dato fáctico, la ficción utiliza el bisturí de la palabra para aislar el mecanismo psicológico: toma el frío del metal, la manipulación del testimonio y la indiferencia ante la agonía, y los traslada al lienzo de la creación para comprender las zonas oscuras de la condición humana.

La literatura no busca condenar lo que la ley ya juzgó; su función es cartografiar el abismo donde la luz de la compasión se apaga por completo.


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