Calladita es mejor


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14–22 minutos

¿De que trata este relato breve?

Descubre una historia donde el peligro, el arte y el deseo clandestino se funden en la Leningrado de 1938. Este relato te sumergirá en la atmósfera opresiva del Gran Terror, donde la poesía prohibida de Sofía Parnok se convierte en un susurro de libertad en medio del hollín y el bronce de la fundición Monumentskulptura.…


Sonja acomodó las hojas arrancadas y plegadas en el bolsillo interior de su casaca. Había copiado, oculta y con esmero, cada palabra. Observó a cada una de sus compañeras esperar cerca de las enormes puertas de la fundición de Monumentskulptura.

Las enormes ventanas rematadas en arco de medio punto refractaban los primeros rayos de la mañana.  Sin querer, pasó sus dedos sobre el ocre de las paredes siguiendo la luz. 

Semanas atrás, en el taller, le habían dejado una nota junto a un cuaderno. «Copia el que te guste». Esa misma tarde, encerrada en el baño comunitario del departamento que compartía, leyó las primeras páginas. Fingió estar descompuesta para ganar tiempo y transcribir en su libreta cada frase.  Las paredes cetrinas del cuarto parecían reflejarse en cada verso. 

«Maravillada con la llama de esos amorosos labios», escribió asombrada de sus propios latidos.

El murmullo de unas voces afuera la alertó.

Contuvo con un temblor fino la página repleta de sus letras, y la rasgó. 

El sonido de la apertura de las puertas del taller la devolvió a la mañana fría en Leningrado.   Atravesó el portal de ingreso; en el interior, la caseta acristalada del guardia de seguridad tenía un póster con la hoz y el martillo. Le pareció que habían cambiado el tono de rojo. El reloj fichador metálico a un costado parecía un soldado más.  El paso era estrecho, forzado por un molinete de hierro pulido por el que sus compañeras desfilaban mostrando su pase. Sintió el frío del hierro en su cuerpo junto al clic. 

«Cerca de ti, la noche no tiene fondo. Guardamos los besos como quien oculta un tesoro robado, temiendo el paso del guardia tras la puerta, temiendo la luz que nos obligue a mentir.»

Parecía que las hojas guardadas hablaran solas. Apretó con fuerza el bolsillo para que se callaran. 

En la sala del taller estaba listo el jefe de escultores. Sobre una mesada, las guías de alambre formaban una escultura donde colocarían la arcilla para darle la forma. Acercó sus manos a la escultura. ¿Quién me dejó el cuaderno?

—Hola, Sonja, el profesor Mánizer va a estar hoy en nuestra área —comentó el supervisor buscando sus ojos.

La joven asintió. El reflejo del diente de oro del hombre le recordó momentos olvidados. Diálogos dispersos en la cocina. Su padre con ese mismo oro destellando:

—Los encontraron a esos dos con sus obscenidades. En plena fábrica. ¡Qué vergüenza! —El tono de voz de su padre se afinaba cuando estaba nervioso. 

—Bien que estén presos —dijo su madre secando un plato y siguiendo la mirada de su hija. 

Sonja conocía la sorna de los murmullos. El desprecio de ciertas miradas. Las venganzas que cruzaban las calles en forma de comentarios.  Las verdades maquilladas de varios.

Las puertas del salón se abrieron y el profesor ingresó con un séquito.  Sonja se sostuvo del banco de trabajo; junto a ingenieros del metro estaba la policía del Kremlin. Los uniformes marrones y sus gorras color azul cobalto.  Notó el ribete y la banda de color rojo carmesí, y una pequeña estrella roja esmaltada en el centro.  No he hecho nada. 

Una de sus compañeras, la que usaba el mismo pañuelo gris todos los días cubriendo su cabello, le susurró:  

 —¡Alguien denunció algo! Debe ser al presidente de la kommunalka.. No… seguro al secretario de la célula del Partido en el taller… El flaco que parece tísico. 

Sonja le hizo señas de que se callara.

Uno de los oficiales se puso detrás de ellas.  La joven notó su altura que dejaba una sombra sobre la escultura. 

Tomó la arcilla y comenzó a rellenar la parte trasera del perro. La escultura tenía meses de preparación. Sentía sus dedos arder con cada contacto. Con cada centímetro de cubierto se escapaban frases de sus páginas ocultas. 

«Déjame beber de la llama de tu boca, perder la memoria de lo que está prohibido». 

Las sombras de los hombres rodeaban el banco, se movían entre la escultura y su alma. 

«En este instante en que nuestras manos se enlazan, no existe el tiempo, ni la ley, ni el miedo» 

Levantó la vista para verlos. Quería que supieran de ella.  Pero no esperaba esto. Sus ojos se encontraron con otros. Claros. Sus pestañas enormes. La nariz recta, la sonrisa perfecta. El saco azul entallado. 

—Veo que está casi terminada la versión en arcilla —preguntó la ingeniera del metro soviético. 

Sonja permaneció en silencio, conteniendo su bolsillo de palabras huidizas, hasta que se animo.

—Así es. Este es el cuarto boceto. 

La ingeniera contempló todo el diseño del perro. 

—¡Ya hay uno que pasó a metal! —comentó Sonja. Sintió su voz segura y le gustó.

La mujer le sonrió.  

Sintió un tirón en la ropa. Su compañera le chistó. Sonja la miró desconcertada. Con una seña le mostró al flaco, desgarbado que desde el dintel de la puerta del salón de trabajo, las miraba con un cigarro prendido en su mano.

—Es él —susurró la mujer mientras acomodaba su pañuelo para que no escapara ni un mechón de su cabello.  

Sonja se detuvo en las arrugas de la frente del hombre que no le sacaba la mirada. 

—¿No te han dejado nada? —preguntó de golpe la compañera—. Está circulando por los pasillos que hay cartas y quién sabe qué otras cosas..

—No. 

Silencio. 

Sonja vio al profesor decir unas palabras que no pudo entender.  Y hombre con ademanes se llevó al comité del Metrostroy a la sala contigua.  

Ella empezó a seguirlos como si fuera su labor.  Se puso detrás de la ingeniera. De ese saco azul entallado. De esas botas negras hasta la rodilla. De ese perfume que la rodeaba. 

Suspiró para retener esos olores, pero un intenso aroma a tabaco negro le dio tos.  El secretario del partido estaba a su lado. Callado. Esperando.

Las hojas de cuaderno parecían ser de metal caliente en su escondite en la casaca. Cada frase, cada adjetivo, se aparecía en su mente, en sus labios, como queriendo escapar. 

«No te acerques a mí con palabras, déjame mirar en silencio la sombra de tus pestañas. En este crepúsculo que nos envuelve, hasta el más leve suspiro es un pecado bendito.»

La sala contigua era enorme. La estatua del soldado y el perrito estaba en el centro de la mesada.  Los destellos dorados de los hornos de fundición refractaban en la figura de metal. El comité rodeó a la figura.  Sonja se las arregló para quedar frente a las pestañas de esos ojos claros. En momentos se perdía en las líneas perfectas del soldado y su acompañante. De esa estatua en la que había participado; y en otros solo podía ver el rostro de esa mujer. 

En un momento la vio levantar la mano y tocar la cabeza del perrito. Un gesto de cariño. 

—¿Qué hace usted aquí, señorita? —le preguntó uno de los policías, separándola del grupo. 

La llevaron a una habitación contigua. Pequeña. Con solo una silla. Las paredes blancas. Sin ventanas.   

—Me pareció que miraba mucho a la ingeniera. ¿Por qué?… Usted es rarita, ya me han dicho. 

Sonja miraba sus pies. Le pareció que se había olvidado sus zapatos. 

—¿Sabe usted dónde terminan las insanas? Hay un cuaderno de poesías, de esas perdidas de la aristocracia, que mete ideas en las cabezas. ¿Sabe algo? 

Muda. 

A la hora la dejaron salir. 

—Hoy aprendiste algo. 

Sonja los miró.

—Calladita es mejor.

Camino por un pasillo lateral, apoyada de tanto en tanto en la pared. 

Algunas lágrimas se escaparon, pero no les dio tiempo y las secó con el dorso de la mano. Por uno de los ventanales vio a la ingeniera en el patio; cerca divisó el baño. Corrió a el. 

Sola sentada en el inodoro, sacó las páginas cortadas. Tomó una de ellas y fue doblando una vez y otra sobre sí misma. Un origami. Un perrito quedó entre sus manos. 

No sabía lo que hacía.  No le importaba.

Salió tan rápido como entró. 

Se vio a sí misma correr por el patio de Monumentskulptura. Como si estuvieran sus ojos desde las nubes.

El saco azul la guiaba.

Le tocó el hombro.

La ingeniera giró curiosa.

Las pestañas grandes.

Sonja le tomó las manos y le dejó su perrito lleno de poesías.

—Es suyo.

Solo eso le dijo. 

Nota de autor

Este cuento nació de una pregunta que me persigue desde hace años: ¿qué ocurre en el cuerpo de una persona justo antes de hacer algo que no puede deshacer?

No me interesa tanto la decisión como acto racional, sino ese instante en que el miedo y el deseo se anulan mutuamente y algo más antiguo —llámese instinto, necesidad de ser visto, o simple fatiga de la mentira— toma el control.

Sonja no decide entregar el perrito; su cuerpo decide por ella. Esa es la hipótesis desde la que escribí.

Estructuré el cuento como una cuenta regresiva. Cada escena acorta la distancia entre la clandestinidad y la exposición. Al principio, Sonja es una mujer que oculta: las hojas en el bolsillo, la voz contenida, la mirada baja. El espacio narrativo es estrecho, claustrofóbico. Los versos en itálicas funcionan como una segunda voz, la única que habla en primera persona dentro de una historia contada en tercera. Son los pensamientos que no puede pensar en voz alta, pero que tampoco puede silenciar del todo.

La escultura del perro —el proyecto oficial— y el perrito de papel —el objeto privado— se convierten en dos versiones de lo mismo: una hecha para durar en bronce, otra hecha para durar en el instante. Esa dualidad me permitió jugar con el ritmo. La prosa de los pasillos, los uniformes, el molinete, es dura, precisa, casi documental. La prosa del final, cuando Sonja corre hacia la ingeniera, se acelera, pierde articulaciones, se vuelve casi cinematográfica. Quería que el lector sintiera que la narración misma se desborda, que ya no hay tiempo para descripciones porque Sonja ya no tiene tiempo para sí misma.

La decisión de terminar en el gesto —»Es suyo»— fue deliberada. No quería mostrar la reacción de la ingeniera. No porque no me interese, sino porque el cuento no es sobre lo que la ingeniera hace con el perrito. Es sobre lo que Sonja hace con su miedo.

Detrás de este texto hay una convicción que no puedo separar de mi escritura: en ciertos regímenes, desear es un acto ontológico.

No es solo transgresión; es afirmación. Sonja no existe plenamente hasta que toma las manos de la ingeniera. Antes de eso, es un cuerpo funcionando: fichando, modelando arcilla, conteniendo el aliento. Es lo que Hannah Arendt llamaría animal laborans, el ser reducido a la mera subsistencia.

La poesía que copia en el baño comunitario no es literatura de consumo. Es un lenguaje para lo que el sistema ha declarado inexistente. Cuando el policía dice que el cuaderno «mete ideas en las cabezas», tiene razón, aunque no en el sentido que cree. La poesía no mete ideas; mete preguntas. Y la pregunta que plantea en Sonja es: ¿y si existir fuera algo más que sobrevivir?

El origami del final me parece la metáfora más precisa que encontré para esta idea. Doblado una y otra vez, el papel pierde su función original (ser leído) y adquiere otra (ser entregado). Es un objeto que ya no comunica contenido, sino intención. El deseo, en ese gesto, deja de ser texto para volverse cuerpo. Y el cuerpo, en un régimen que lo quiere transparente y utilizable, es el último territorio de la resistencia.

También me interesaba explorar la idea de la decisión como irrupción del cuerpo sobre la mente. Sonja no razona. No hay un «pro y contra» en su cabeza. Hay un origami que aparece entre sus manos sin que ella lo haya planeado, y luego hay una carrera, y luego hay un contacto. Eso me parece filosóficamente honesto: las decisiones que más nos definen rara vez se toman en la sobremesa.

Se toman en el baño de una fábrica, con las manos temblando, sin saber por qué.

El cuento está anclado en un momento y un lugar reales: la fundición de Monumentskulptura en Leningrado, durante la construcción del metro soviético. El profesor Mánizer existió. La estatua del perro del metro existió. Pero lo que me interesaba no era la fidelidad documental, sino la atmósfera de una sociedad donde la intimidad se convirtió en delito.

En 1934, el código penal soviético recriminalizó la homosexualidad. No fue una anomalía del estalinismo; fue la consolidación de una lógica que ya operaba en la vida cotidiana: la delación vecinal, la vergüenza pública, la familia como primer aparato de control. La escena en la cocina, donde el padre habla de «obscenidades» y la madre asiente secando un plato, no es melodrama. Es la mecánica del terror totalitario: no necesita policías en cada casa cuando los propios padres hacen el trabajo.

Elegí el contexto soviético no por exoticismo histórico, sino porque me parece un laboratorio extremo de algo que sigue vigente: la política del cuerpo. En toda sociedad hay cuerpos que deben ser visibles de cierta manera y cuerpos que deben permanecer invisibles. Sonja es obrera, mujer, y desea a otra mujer. Cada una de esas condiciones la coloca en una posición de vulnerabilidad diferente. El Estado soviético no la persigue solo por ser lesbiana; la persigue porque su deseo es indomable, porque no puede ser fichado, porque no produce ni consume nada que el sistema pueda contabilizar.

El cuaderno de poesías que circula en los pasillos es, en ese sentido, un artefacto histórico real. Durante los años treinta, la literatura romántica y simbolista —lo que el policía llama «de esas perdidas de la aristocracia»— fue perseguida no solo por su contenido político, sino por su capacidad de inventar subjetividades privadas. El realismo socialista necesitaba cuerpos colectivos; la poesía amorosa inventaba cuerpos solitarios. Eso era, en sí mismo, contrarrevolucionario.

La elección de Leningrado como escenario también tiene un peso simbólico que no pude ignorar. Petrogrado, la ciudad de la revolución, rebautizada como Leningrado, la ciudad del hombre que la dirigió. Una ciudad de nombres cambiados, de identidades reescritas. Sonja, en ese paisaje, lleva un nombre que no sabemos si es el suyo verdadero. Su identidad, como la de la ciudad, es un palimpsesto.


Las poetas de la metanarrativa: biografías de una tradición clandestina

Los versos que Sonja copia en el baño comunitario y que después dobla en un perrito de papel no son invención mía. Son ecos de una tradición poética real, escrita por mujeres que, como ella, amaron a otras mujeres bajo la sombra del autoritarismo. Elegí que el cuento las citara —a veces de manera exacta, a veces como adaptaciones libres— porque quería que Sonja no estuviera sola en su deseo. Quería que detrás de ella hubiera una genealogía de voces que habían dicho lo que ella no podía decir.

A continuación, las biografías de las tres poetas que habitan, visible o invisiblemente, el texto:


Sofía Parnok (1885-1933): «La Sappho de Rusia»

Sofía Yákovlevna Parnok nació en Tagánirog, en el seno de una familia judía intelectual. Desde los seis años escribió poesía, y desde muy joven reconoció su lesbianismo como una condición inseparable de su escritura. En 1907 contrajo un matrimonio de conveniencia con el dramaturgo Vladímir Volkenstein, del que se divorció dos años después. A partir de 1913, sus relaciones amorosas fueron exclusivamente con mujeres, y de ellas surgió su obra más intensa.

Su colección Rosas de Pieria (1922) fue descrita por la académica Diana L. Burgin como «el primer sujeto deseante lésbico no decadente jamás escuchado en un libro de poesía rusa». En ella, Parnok escribe con una franqueza sin precedentes sobre el amor entre mujeres, usando una mitología clásica que sirve de velo y de espada a la vez. Fue amante de Marina Tsvetaeva entre 1914 y 1916, relación que ambas poetas registraron en sus obras.

A partir de 1928, la poesía de Parnok fue censurada y prohibida por el régimen soviético. Intentó, junto con amigas, crear una editorial cooperativa llamada Uzel («nudo» o «grupo»), pero el gobierno la descubrió y cerró. Murió de una enfermedad cardíaca —complicada por su enfermedad de Graves— el 26 de agosto de 1933, en Moscú, rodeada de tres de las mujeres que la amaron. Su obra permaneció olvidada hasta 1979, cuando una edición de sus poemas completos se publicó en Estados Unidos.

En el cuento, los versos «Maravillada con la llama de esos amorosos labios» y «llama de esos amorosos labios» provienen de Rosas de Pieria. La elección no es casual: Parnok murió un año antes de que el cuento se sitúa, y su silencio forzado es el mismo que Sonja teme.


Anna Akhmatova (1889-1966): la voz de Leningrado

Ana Andréyevna Górenko, que adoptó el seudónimo de Akhmatova, fue una de las voces centrales de la Edad de Plata de la poesía rusa. Nació cerca de Odessa, pero su vida y su obra están indisolublemente ligadas a San Petersburgo —la ciudad que ella llamó «Petrópolis» y que después sería Leningrado.

Su primer marido, Nikolái Gumiliov, fue ejecutado por el régimen soviético en 1921. A partir de entonces, Akhmatova vivió bajo vigilancia constante. Su hijo, Lev Gumiliov, fue arrestado y enviado al Gulag en múltiples ocasiones. Durante el sitio de Leningrado, ella permaneció en la ciudad, negándose a evacuarse. Su poema Réquiem (1935-1940) es una de las denuncias más devastadoras del terror estalinista, aunque no pudo publicarse en su país hasta décadas después.

El verso «La noche no tiene fondo», que aparece en el cuento como «Cerca de ti, la noche no tiene fondo», proviene de su Poema sin héroe (1940-1962), una obra densa, alucinatoria, donde la noche de Leningrado se convierte en escenario de mascaradas mortales. Akhmatova, a diferencia de Parnok, nunca escribió abiertamente sobre el amor entre mujeres, pero su poesía está habitada por una soledad femenina que resuena con la de Sonja: la espera, la vigilancia, la ciudad como carcelero.

Akhmatova murió en 1966, dos años después de recibir la nominación al Premio Nobel de Literatura. Hoy es considerada una de las grandes poetas del siglo XX.


Marina Tsvetaeva (1892-1941): el fuego que consume

Marina Ivánovna Tsvetaeva nació en Moscú, hija de un filólogo fundador del Museo Pushkin y de una pianista de talento. Escribió su primer poema a los seis años, en rebeldía contra la formación musical que su madre intentaba imponerle. En 1912 se casó con Serguéi Efrón, pero su matrimonio fue, desde el principio, una convención que ella trascendió con la misma facilidad con la que trascendía las formas poéticas.

Su relación con Sofía Parnok, entre 1914 y 1916, fue una de las experiencias definitorias de su vida. Tsvetaeva escribió para Parnok el ciclo Podruga («La amiga»), y Parnok le dedicó algunos de sus poemas más ardientes. Después de la Revolución, Tsvetaeva permaneció en Moscú mientras Efrón combatía en el Ejército Blanco. La hambruna de la guerra civil le costó la vida de su hija Irina, de dos años, quien murió en un hospital por desnutrición.

En 1922 emigró a Praga y luego a París, donde vivió doce años de exilio y pobreza. En 1939, presionada por la situación política y por el arresto de su hija en la URSS, regresó a Moscú. Su marido fue ejecutado por la NKVD en 1941. Diez días después, el 31 de agosto de 1941, Tsvetaeva se ahorcó en Elabuga, donde había sido evacuada. Su cuerpo fue arrojado a una fosa común.

Tsvetaeva es la presencia más difusa en el cuento, pero quizás la más necesaria. Los versos «Déjame beber de la llama de tu boca», «En este instante en que nuestras manos se enlazan, no existe el tiempo, ni la ley, ni el miedo», y «No te acerques a mí con palabras, déjame mirar en silencio la sombra de tus pestañas» resuenan con el tono de su poesía: una voz que habla desde el límite, donde el amor ya no es emoción privada sino acto de desobediencia. Aunque no he podido rastrear cada cita a un poema específico de Tsvetaeva, su espíritu —el de una mujer que amó con la misma intensidad con la que escribió, y que pagó por ambas cosas— atraviesa el cuento como un viento frío.


Una última palabra

No sé si Sonja sobrevive después del final del cuento. No sé si la ingeniera guarda el perrito o lo quema. Pero sí sé que, en el instante en que le toma las manos, Sonja deja de ser una víctima para convertirse en un sujeto. Y eso, en la literatura como en la vida, es lo único que nos queda cuando todo lo demás ha sido confiscado.


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