Otro día frío. Hace días que estoy esperando que vengan. No tengo ganas de limpiar nada. Ayer llovió todo el día y ni me acuerdo si comí algo. El barro en la puerta y la leña que no alcanza. Otra vez suena el teléfono, pero no voy a atender. Es que no sé qué decirle. No quiere que vaya. Es igual a su madre; tiene esa determinación en la voz.
Ya está el autobús. Vino el azul en vez del marrón. Me gusta más; es un poco más bajo para subir. La rodilla me cruje con ganas, pero sé que, como todo mi cuerpo, quiere que vayamos. Cada parte de mí espera este momento. El chofer es nuevo, tiene cara de niño como mi Viktar. Me cabecea en saludo.
Hay pocos asientos, uno en el fondo. Mirando por la ventana está Vera, viuda como yo.
—Sciapan, ¿cómo está? —pregunta con esa voz arrastrada.
¿Qué le puedo decir?, que estoy triste, que en cada cuarto la espero, mis lágrimas en el lavadero, escondiéndome de la vida.
—Todo bien.
Me siento en el último lugar, al lado de la ventana. Un hilo de viento helado se escapa por una junta mal sellada; la cierro con mis dedos gordos. Ella se reía de verlos y a mí me enamoraba. Cuarenta años juntos. Veo la ruta, nadie viene, desolada; antes a esta altura se veían los camiones de los aserraderos. Y las copas de los abedules moviéndose como un coro. Una niña, en uno de los asientos delanteros, llora. No sé por qué la traen. Es peligroso.
El autobús frena rabioso. Es el disco que ya no va. Veo al conductor que me hace señas para bajar.
—Abuelo, ¿puede solo?
Asiento, pero me dejo ayudar. Despacio voy a la fila para entregar los papeles. Saco el sobre con documentos. El cartel es otro; lo han pintado de otro color. Bely Berag. La B es distinta, con el trazo más grueso en la panza.
Un oficial me recibe el sobre. Sé quién es.
—¿Sabe que no puede comer en el lugar?
—Sí, señor.
Acomodo mi bolso con queso y pan. Traje el de semillas que le gusta a ella.
Me da el papel de siempre. Saco mis gafas, leo cada frase: prohibidos pantalones cortos, camisetas sin mangas y calzado abierto, brazos cubiertos; prohibido tocar objetos y sentarse; prohibido comer o beber al aire libre.
Paso la reja, mi rodilla se acomoda a las escaleras y Vera se acerca. Vamos juntos, callados al autobús. El silencio está conmigo, a veces lo aprovecho y escucho cantar a Hanna. Siempre se preocupa por cada nota. Cuando me dice «Haz la segunda», no puedo. Miro algunas de las casas que quedan en pie; a las de más abajo las tumbaron y las enterraron, con huerto y todo.
El bamboleo de la ruta me mueve en el asiento. Falta poco, mi amor.
Llego. Las malezas están terribles. Vera me despide, mientras la veo arrancar con fuerza un ajenjo; el tallo negro no quiere aflojar.
Abro mi reja, la pintura celeste se ha descascarado. En el centro de mi terreno, nuestra mesa de piedra. Apoyo fuerte mi pie izquierdo para que no me tiemble. Y veo tu foto. El óvalo de porcelana tiene algunas partes terrosas. Con mis uñas limpio un poco. Sonrío al escucharte. «No hagas eso», me dirías. En la mesada dejo mis bolsos. La cruz de madera de ocho puntas me hace sombra. Miro cada una.
«¿Esa es época soviética?»
«Sí».
Esa vez que me lo preguntaste… ¿fue cuando fuiste al médico, te acuerdas?
Me cuesta respirar. El aire frío me atraviesa la ropa.
No sé por qué te insistí en volver. Nuestro pueblo, la casita que construimos juntos. Cuidar el bosque. Siempre hice eso. Pero a ti, mi cielo. A ti el aire te enfermó.
«No pueden volver, aunque vean los árboles verdes y los caballos libres… Papá, por favor».
Y fuimos juntos a firmar los papeles y volvimos. Me abrazaste en cada momento, hasta cuando solo estaban tus huesos.
«No te olvides de comer».
Corto la maleza. Escucho una sirena. El autobús pasa, el chofer con su megáfono avisa de la partida.
Refriego buscando un brillo en la piedra de tu lápida. Diviso a lo lejos que Vera me está mirando. Sube al autobús. Calculo que no ha dicho nada, pues parte. Me oculto tras los abedules. Espero.
«Tenemos que irnos».
Te miré asombrado a tus ojos claros.
«Algo pasó, hay una luz azul desde la planta».
Cuando volvimos, Viktar se quedó.
Toco mis pantalones mojados.
Rodeando tu lápida hay flores blancas. ¿Viste?
Me saco los zapatos. La humedad se mete entre los pliegues de mis pies. Ahora los pantalones.
«No te preocupes, que lo dejo ordenado».
Acomodo en pilas mi ropa. Froto mis manos en mis brazos.
«Estás con frío».
«Un poco menos que mi soledad».
«Yo también te extraño».
«Traje queso de cabra y tu pan».
«¿Y Viktar?»
Nuestro niño estará bien, está de novio. Ella es como tú.
Me acuesto a su lado, muerdo el pan con queso.
«Sciapan, ¿estás ahí?»
Un cosquilleo recorre mi arrugada piel.
«A tu lado».
Nota del autor
Sobre la narrativa
Este texto nació de una pregunta simple: ¿cómo narra un hombre que ya no tiene a quién narrarle? Sciapan no habla consigo mismo. Habla con ella. La técnica que elegí —focalización interna fija con diálogo fantasmal no resuelto— responde a una necesidad, no a un experimento. Cuando se pierde a alguien con quien se compartió la vida cotidiana, el interlocutor no desaparece. Se interioriza. Lo que el lector lee no es monólogo. Es conversación con un ausente que, para el que habla, sigue presente.
El tiempo del texto no es lineal porque el tiempo del duelo no lo es. Los recuerdos no llegan cuando se los evoca: llegan cuando el presente los abre. La analepsis sin marcas («¿fue cuando fuiste al médico, te acuerdas?») no es virtuosismo. Es fidelidad a la experiencia: el pasado irrumpe en el presente sin aviso, sin transición, sin comillas que lo anuncien.
El espacio funciona como mapa emocional. La casa es abandono. El autobús es limbo. El cementerio es hogar. Esta inversión no es simbólica en el sentido académico: es práctica. Para Sciapan, el lugar donde está Hanna es el único lugar donde puede estar. El resto es espera.
Sobre la filosofía
El texto plantea una pregunta que no responde: ¿puede el amor ser culpable? Sciapan insistió en volver al pueblo. Hanna cedió. El aire la mató. La culpa no es un tema que el texto desarrolle. Es un motor que el personaje no puede nombrar. Nombrarla sería vivir, y él ya eligió morir.
La frase «a ti el aire te enfermó» contiene toda la filosofía del texto: el mismo elemento que da vida a uno, destruye a otro. El bosque que cura a Sciapan envenena a Hanna. El amor que los unió —la construcción de una casa, el cuidado de un territorio— es el mismo amor que los separó. No hay malicia. Hay asimetría ontológica: dos cuerpos en el mismo espacio, expuestos a la misma sustancia, con destinos diferentes.
El texto no juzga a Sciapan. Tampoco lo absuelve. El lector debe decidir si la insistencia fue egoísmo o si el amor, por definición, siempre expone al otro. La pregunta que dejo flotando: ¿es posible amar sin dañar? ¿O el daño es la otra cara del cuidado?
La última línea —»A tu lado»— no es cierre. Es suspensión. Si Hanna habla, es comunión. Si no habla, es autoconsuelo. Si Sciapan ya no distingue la diferencia, es que el duelo ha alcanzado su forma más pura: la indistinción entre el que se queda y el que se va.
El texto contiene una norma que luego transgrede: el papel que lee Sciapan al entrar al cementerio. «Prohibido comer o beber al aire libre.» La norma es del Estado, del poder que regula el duelo, que organiza el espacio funerario, que decide qué cuerpo puede estar desnudo y qué cuerpo debe estar cubierto. Sciapan desobedece todas las prohibiciones. No por rebeldía política. Porque el duelo no tiene regulación.
La metanarrativa está en esta tensión: el texto es un documento que el Estado no aprobaría. Un hombre que se desviste en un cementerio, que come pan junto a una tumba, que habla con los muertos. La narrativa que elijo es la que el poder no puede controlar. La que ocurre en la junta mal sellada del autobús, en la humedad entre los pliegues de los pies, en la voz que responde desde la porcelana.
El lector que busca certeza no la encontrará. El texto no resuelve si Hanna está ahí. Esa irresolución no es defecto. Es ética: respetar la experiencia del duelo significa no traducirla, no reducirla, no explicarla. Significa dejar que el lector habite la misma ambigüedad que habita Sciapan.
Sobre la construcción histórica
El texto no nombra Chernóbil. Nombra lo que Chernóbil dejó: las casas tumbadas y enterradas, la luz azul desde la planta, el aire que enferma, la evacuación que no se puede desobedecer excepto por amor. La historia que construyo no es la del desastre. Es la de los que volvieron.
La historia oficial del desastre nuclear cuenta los muertos, los desplazados, los kilómetros de exclusión. La historia que me interesa cuenta los que no se fueron, los que firmaron papeles para regresar, los que eligieron el territorio contaminado sobre la vida segura. Sciapan y Hanna son de ese grupo. Viktor, en el texto, el hijo— suplicó. No escucharon.
La construcción histórica pasa por los objetos: la cruz de madera de ocho puntas, el pan de semillas, el queso de cabra, la foto de porcelana con partes terrosas. Son objetos soviéticos, rurales, de una economía que ya no existe. La historia que sobrevive no es la de los documentos. Es la de los objetos que se llevan al cementerio.
El autobús azul en vez del marrón, la B pintada de otro color, el chofer nuevo: son detalles de un mundo que sigue cambiando mientras el duelo permanece inmutable.
La historia avanza. Sciapan no.

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