La camioneta ranchera tenía un color verdoso que perdía tonalidad al pasar el día. Y estaba pasando: ya era gris. El sonido de los pájaros junto a las chicharras marcó la partida del sol cuando llegaron a la escuelita treinta y cuatro.
Los paneles solares recibían el último reflejo sobre el techo a dos aguas cuando se estacionaron en la puerta.
—¿Los pusieron al final? —preguntó Sofía a Ronaldo.
Cuidador, portero y jardinero casi todo el día. Ya que si algo crece en esta tierra, es el pasto.
El hombre acomodó su cabello canoso, que debía haber cortado esa semana, y, mirando el techo, comentó:
—Habrá sido por la segunda de enero, señorita. Ahora tenemos luz casi todo el día.
Ronaldo bajó las valijas de la maestra. Ya hacía un año que se conocían. Recién recibida, se vino. Con su esposa apostaron que no duraba un mes, pero duró los diez. Y volvió. Cuando se enteraron de que no llegaba una nueva suplente, le prepararon un bizcochuelo.
En la parte posterior del patio estaba la casa de la maestra. Sofía acomodaba su valija en la pequeña habitación cuando notó un bulto sobre la mesa de la cocina. Sobre las paredes colgaban las dos únicas lámparas de aceite. Ronaldo corrió el repasador blanco sobre la mesa. El bizcochuelo naranja ocupó todo el espacio. El aroma cítrico se movía libre por la casa.
—Muchas gracias. Decile a tu esposa que la adoro.
Ellos vivían a trescientos metros de la escuela rural. Tardaron varios años en lograr la pieza y el baño. Y el año pasado inauguraron su cocina. Veinticinco años reparando la única escuela en kilómetros a la redonda. Pegada al monte.
Y el monte tenía historias para contar. Tupido. Impenetrable. Vivo como él solo. Áspero y dulce.
Ronaldo se apresuró para irse.
—Confirmaron los diez del año pasado; se agregaron los tres gurises del nuevo casero de la estancia.
—¿Y tenemos bancos?
—Sí, por supuesto. Agregué tres asientos. Pero los vi: la más chica es la nena, pero los varones son altos. Esos van al fondo.
De pronto, las chicharras hicieron silencio.
Sofía, en la puerta de la escuela, con la lámpara de aceite en la mano, iluminó los pasos de Ronaldo a la camioneta.
Los árboles del monte, inmóviles a pesar de la brisa. Un sonido estrepitoso atravesó el espacio, seguido de un chirrido.
La maestra dejó caer la lámpara, sus manos temblorosas, con la suerte de que un matorral la frenó en seco. Antes de que el fuego se esparciera, Ronaldo la levantó en el aire. Quemándose los dedos.
—No se asuste, señorita, están los cazadores —comentó, moviendo los dedos en busca de aire.
—¿Fue un disparo?
—Así es, pues.
—¿Y el grito?
—Del jabalí.
El motor de la camioneta de Ronaldo se fue apagando a lo lejos, con los sonidos del monte.
Sofía apagó la luz blanca de su cuarto. La sábana tibia contrastaba con el aire fresco. La ventana apenas entreabierta dejaba pasar los aromas de la noche. Su mente se movía en recuerdos de ese beso y de esas preguntas. «¿En serio tenés que ir a esa escuela?».
Y sí.
Era una niña cuando su tía, maestra rural también, le contaba sus historias. En una de ellas, un alumno de la misma edad que la maestra se enamoró. «Jardín florido», le decía. Él, todos los días, le traía una flor.
En esas tardes de anécdotas, descubrió una emoción en el rostro de su tía. En sus palabras, en sus ojos, en las arrugas de sus manos. Pasión. Eso era.
Otro sonido espeluznante, seguido del chillido mortal, le arrebató las últimas horas de sueño. Su vista fija en la ventana. Imaginó la caminata de los cazadores y el aroma de la sangre mezclada con el del pasto.
A las seis, con el sol, Ronaldo y su esposa preparaban el desayuno. En un costado, la leche de vaca pura. Y la yerba mate lista para la mezcla.
Clara había preparado dulce de leche casero. Su pelo largo atado con un simple cordel rojo.
—¿Viste que volvió?
Ella asintió sin decir nada. Al entrar a la escuela ese día, esa niña de maestra. Sería porque compartían el color de pelo, o porque nació algo entre ellas ese año. O porque, si Dios hubiera querido, su bendición habría sido como ella.
Una mañana, mientras untaban el dulce en porciones de pan, se quedó mirando su cabello.
—Clara, ¿le comenté que perdí a mi mamá de niña? —dijo al pasar Sofía.
Clara se enteró después del accidente, de cómo su padre se fue con otra mujer y de cómo el amor de su tía la acompañó, hasta que el bulto en esa mama se la arrebató. De a poco, con dolor.
Los pasos de Sofía en la cocina resonaron sobre el piso de madera. Ella se acercó a la ventana, que daba a la parte posterior del terreno, donde el monte era el dueño.
—¡Clara, Ronaldo, miren!
Los tres, petrificados frente al cristal.
Los animales eran enormes. Las cabezas negras, los cuerpos macizos. Diez, uno tras otro. Cuatro pequeños.
—Las de adelante son jabalinas y los pequeños, jabatos —aclaró Ronaldo.
Sofía observó a la más grande, que caminaba altiva al frente de todos. Un tono distinto, rojizo, en el lomo, destellaba por el sol del amanecer entre las copas del monte.
La jabalina se detuvo. Sus ojos rojos no veían bien en el amanecer soleado. Contornos difusos la rodeaban. Su olfato le bastaba. Tres humanos. Su olor inconfundible se mezclaba con el aroma de naranjas. Olió el miedo. Chilló. El sonido atravesó el monte como una orden. Se quedó unos minutos mirando esas sombras y, junto a la piara, corrió al monte, que le abrió los brazos.
Clara sintió el frío de los cristales en sus dedos.
—¿Se quedó mirándonos?… No son de acercarse, debe ser por los cazadores —comentó, mientras volvía a sus quehaceres.
—Sí. Era la matriarca. La más vieja y sabia —cerró Ronaldo, prestando atención al ruido de las camionetas en la puerta de la escuela.
Sofía, atenta al sonido de las bocinas, se colocó el guardapolvo blanco que colgaba de un perchero en la puerta de la cocina.
—Voy a recibirlos.
Atravesó el patio; sus huellas en el pasto, que se abría al recibirla, se borraban en segundos. Las nubes fueron tapando ese sol incipiente. De lejos se escuchaba al chajá con su llamado ronco y penetrante.
Estaban los trece parados en la puerta, mezclando sus risas con el coro del monte.
Sofía acarició el cabello bien peinado del más pequeño. El más alto tenía casi su altura, con su cara tostada por el sol. «Marcos, mi señorita», le dijo dándole la mano. Su voz cambiante de tonos.
Cuando le ofrecieron el puesto le habían dicho: «Mire que en un aula están todos los grados y es escolaridad completa. Entran a las ocho, pero espérelos a las seis por el trabajo de los padres, vio. Y la salida es a las cuatro, pero no se les van hasta las seis».
Pero no le habían dicho de los juegos, la música y las historias de cada niño.
En la galería techada que bordeaba el patio, Ronaldo y Clara tenían las tazas de lata repletas de leche con mate cocido. En el centro, cuatro porciones de pan con queso para cada uno: era el primer día.
A mediodía la lluvia comenzó suave, pero el repiqueteo en los techos de chapa fue creciendo hasta que todos hablaron de la lluvia. El aula tenía dos ventanales enormes. El relámpago iluminó a los niños sentados.
Sofía elevó sus manos a la altura de su rostro.
—Ahora viene el ruido. ¡Tenemos que aplaudir juntos, eh!
Los niños esperaron, sus ojos amplios, mirándose unos a otros.
El aplauso llegó junto al estruendo.
La maestra se reía cuando notó que el asiento del más pequeño estaba vacío. Sin aplauso.
El retumbar del trueno en el monte detuvo a la piara, que buscaba entre la lluvia un reparo. La matriarca olió, moviendo su enorme cabeza. Los colmillos se movían de un lado a otro. Conocía un camino. Giró su cuerpo enorme. Se detuvo en cada uno de su familia. Los olió sobre su pelaje mojado. Cada uno en su lugar de la fila. En el medio se detuvo. Le faltaba uno. El resoplido grave movió las hojas sueltas a sus pies. Y chilló. Fuerte. El jabato más pequeño no estaba en su lugar.
Ronaldo acomodaba las tazas en la alacena, observando tras la ventana cómo el chapoteo espeso del agua golpeaba en el barro sinuoso del patio.
—Ya superó al pasto, Clarita.
—Brava la tormenta. Ya se calló el monte —comentó, prestando atención al silencio en el aguacero.
La cocina iba perdiendo la luz con cada nube negra.
—Esta no alcanza —aclaró Ronaldo, mirando la lámpara que colgaba del centro—, tengo que buscar aceite en el taller.
Clara estaba petrificada en la ventana. Su voz, entrecortada:
—La maestra… ¡Algo le pasa a Sofía! —Su dedo índice señalaba a través del cristal.
El agua golpeaba la ventana, insistiendo en entrar. La pequeña chispa en el techo sumó su sonido y la luz se fue.
El barro del patio rebosaba sobre el borde de los mosaicos de la galería. Sofía se sacó el guardapolvo. No se imaginaba el blanco con lodo.
—Marcos, voy a buscar al Joaquín. ¿Sí?
Un nuevo relámpago iluminó el aula común de la escuela número treinta y cuatro antes de que se cortara la luz. La luz violeta se retiró, dejando en penumbra a los niños.
—Debe estar en el baño, señorita.
—Sí, seguro. Hagan una ronda y se dan las manos. Eso sí, si viene un relámpago deben aplaudir.
Sofía salió a la galería; el baño estaba al final del pasillo. Llamó a los caseros con gritos sordos. El viento trajo el vendaval en diagonal, mojando violento sus ropas.
El picaporte estaba helado. Abrió la puerta de los sanitarios.
—¿Joaquín? —gritó esperanzada.
Silencio.
Sobre el sonido de la tormenta, un nuevo ruido estridente. Seco, furioso. Sofía llevó sus manos al pecho. Cazadores.
La matriarca sabía que debía buscar el encame, el espacio del monte para guarecerse, pero reconoció el sonido inconfundible que su olfato unía a la sangre. Observó a las otras madres acercarse a sus hijos. El suyo no estaba. El último que le quedaba. El agua caía sobre sus ojos pequeños. Y arremetió. Giró sobre su cuerpo y corrió. Como nunca, o como esa vez que vio la sangre oscura de su madre derramada en el pasto. Pero esta vez tenía memoria. Su olfato le traía aromas de su hijo y de naranjas. Se desvanecían con cada gota. Tenía poco tiempo.
Clara y Ronaldo salieron a la galería enfrentada a la puerta de los sanitarios. El sonido en la chapa ensordecía por golpes tenaces. Granizo. Piedras de hielo rebotaban sobre el techo y sobre el barro.
—¡No está Joaquín! —gritó Sofía.
Un chillido agudo se acompañaba de los disparos de los cazadores. Clara detuvo su mirada en una de las puertas, que golpeaba el marco en una construcción en el fondo del lote, la que daba al monte espeso.
—¿Dejaste abierto el taller?
—No.
Clara tomó con firmeza la medalla de la virgencita que colgaba del cuello. Y lo supo. Algo en su alma vieja se lo dijo.
Su mirada buscó la de Sofía entre la lluvia espesa y las piedras blancas.
—Ahí —señaló.
De nuevo el chillido atravesó el espacio.
—Los jabalíes —gritó Ronaldo.
Corrió entre el barro y la lluvia a su camioneta. La estanciera resistía el viento bajo una arboleda en la entrada de la escuela.
Sofía y Clara, con las piernas repletas de barro, corrieron hacia el patio trasero. Los relámpagos mostraban las copas de los árboles del monte y la puerta abierta del taller.
Juntas llegaron.
Entre las palas y un par de hachas estaba sentado Joaquín. Su pelo desparramado en la frente. Las migas del biscochuelo de naranja entre sus pequeñas piernas. Entre ellas, un pequeño jabato compartía la porción húmeda. Su cuerpo tenía hileras de pelaje claro y oscuro. Una pequeña cresta de pelaje rojizo en su cabeza. El hocico negro, brillante.
El hocico de la matriarca se movía entre la tormenta. Sintió a su hijo. Olió a los cazadores que se aprovechaban de la lluvia. Se vio sola, pero no. Al girar vio que todas la seguían. Las madres juntas. El olor de un hijo es el de todos.
Ronaldo divisó un movimiento por el lateral del monte. Como si el chapoteo del barro le avisara. Debajo del asiento tenía la escopeta. A Clara le daba miedo. El olor a la pólvora. El sonido inconfundible. ¿Dónde viste un casero sin escopeta?
Sintió el peso del arma en sus manos. La preparó dentro de la camioneta. El granizo persistía. Una piedra astilló el cristal delantero. Una sombra por el rabillo del ojo. Vio a los jabalíes en estampida. Su corazón saltó de la estanciera. Sus pies lo llevaron al patio. Vio dos jabalíes en la puerta del aula. A su amor en el fondo, a esa maestra que podía ser su hija. Y amartilló.
La matriarca estaba en el lateral del patio. La naturaleza la dotó de una visión en la penumbra. Sus orejas grandes y móviles ubicaron el chasquido del arma sin que moviera la cabeza. Restos de una pólvora antigua de esa escopeta la alcanzaro. Y lo vio. En movimiento en el barro, altivo, dueño del espacio y de sus vidas. El aroma a naranjas en su dirección. Su hijo. Ahí. Su gruñido y su aroma. No dudó. Sus patas rebotaban en el barro. Sentía el frío del lodo.
El hombre acomodaba su arma cuando el peso lo derribó. Primero sintió el rebote de su cabeza en el barro; luego, la herida profunda de los colmillos en su brazo. El arma resbaló en ese juego de granizo y lodo. Un temblor. Los ojos de la matriarca en los suyos. El animal se detuvo a olerlo. La sangre derramada se mezclaba con el blanco del granizo. Ronaldo pudo ver las caras de los niños observando desde el aula.
Marcos y los niños en la penumbra del aula, tomados de la mano, con sus miradas perdidas en el ventanal. Una de las niñas, la de trenzas, la que tenía una mochila con la cara de Barbie, soltó su mano y fue al picaporte del aula.
Uno de los niños lanzó un grito al ver la cabeza de una jabalina pegada a la ventana, el aliento rebotando en el vidrio y empañando el día.
—¡No, niña, no! —suplicó Marcos. No sabía su nombre. No hubo tiempo.
La puerta se abrió de golpe con el peso contundente del animal, que entró oliendo y moviendo la cabeza.
Los niños quedaron mudos. Las historias de sus abuelos en las fogatas del fin de semana. Acostados en sus catres mirando la Cruz del Sur con el crepitar de la leña. La jabalina buscando, oliendo.
—Atrás mío —ordenó el más alto de todos, mientras levantaba a la niña de trenzas.
El alarido de Ronaldo llegó a los oídos de Clara. Lo sintió en su pecho. Recordó el día en que, con su camisa leñadora, la invitó a bailar. Sus abrazos cuando el bebé no prendía.
La puerta del taller quedó abierta, atrapada por un cúmulo de barro. La lluvia torrencial quería que no viera. Pero él estaba en el piso. Solo. Arrastrado.
Sofía tomó al niño mientras el jabato saltaba a ocultarse tras una caja de madera. El sonido del chillido, agudo, como el llanto de un niño, se sumó al de Ronaldo. Por instinto, la maestra recorrió con sus manos el cuerpo del niño. Acomodó su cabello. La tormenta volvió a estallar. Buscó a Clara. Entonces la vio. Arrodillada, paralizada en la puerta, mirando al patio. Elevó su mirada entre la lluvia. La matriarca, enorme, las observaba, dispuesta a todo. Ronaldo a sus pies. En el lateral, la puerta abierta del aula común, con una de las jabalinas en ella. Los niños.
Joaquín, a su costado, comenzó a llorar, y el jabato se escondió más detrás de una pala. Sofía sostuvo con las manos sus piernas inquietas y, sin pensarlo, se abalanzó sobre el pequeño animal. Por un momento pareció escaparse, pero lo contuvo. El calor en su pecho.
Las palas rebotaron en el piso y el chillido se intensificó. Sorteó a Clara, que lloraba arrodillada, dejándola a un costado. Caminó lento, chapoteando en el barro, y luego corrió en busca de la matriarca.
Marcos elevó su dedo índice a sus labios, mirando a los niños. La jabalina era enorme. Su pelaje negro azabache con algunos tonos marrones mezclados. Resoplaba un aire caliente, que rebotaba al chocar con los mosaicos.
—No te podemos hacer nada —le dijo mirándola a los ojos.
Su abuelo le había dicho una noche de estrellas, tomándose su vino tinto, que a los chanchos se les habla, que la voz, calma, los asusta y que no basta quedarse quieto.
El animal sintió el chillido del jabato en el taller. Reculó sobre sus patas y miró al patio, atenta.
Ronaldo, sin voz por el dolor, logró divisar a su Clarita en la puerta del taller, trató de moverse en el barro en busca de su escopeta, cuando vio a Sofía con el bebé de la matriarca en sus brazos.
La matriarca sintió el aroma de su cachorro. Una sombra grisácea lo tenía. La lluvia no le dejaba ver. Su chillido la llamaba. Las piedras la golpeaban sin cesar. Tomó fuerza con sus patas posteriores y corrió. El barro de la salida tapó el rostro de Ronaldo.
El chapoteo lograba que el barro se introdujera entre la ropa de Sofía. Sus piernas claudicaron frente a la cabeza bestial del animal.
Arrodillada en el barro, elevó con sus manos al cachorro, que al ver a su madre se calló.
Lo dejó entre las patas. Su cuerpo se tiró al barro. El cabello mojado rozó el hocico de la matriarca. El animal quedó paralizado. El jabato entre las piernas. La sombra gris a su lado. Olió a su hijo y a la sombra. Reconoció el aroma de las naranjas. Gruñó. Fuerte, para todos.
De cada lado del patio emergió una madre con sus hijos; todas fueron a oler al jabato perdido. Una se acercó a Ronaldo. Pero la matriarca bufó.
Una hilera perfecta construyeron. En el medio, el que faltaba. Rápido salieron en busca del monte.
La última en irse fue la matriarca, que esperó ver levantarse a la sombra y a la otra acercarse.
Clara sostenía el brazo de su marido. Los niños corrieron al centro del patio. El barro entre ellos.
Sofía observó a la piara desparecer entre los árboles del monte. Sintió algo en su pantalón. Un resto humedo de biscocuelo de naranja pegado.
De pronto la lluvia cesó.
El chajá volvió a cantar.
Nota de autor:
El cuento no tiene un narrador individual al uso; funciona como una conciencia atmosférica que se instala en cada personaje según la necesidad del relato. Empieza con la percepción distante de la camioneta («color verdoso que perdía tonalidad») y, sin aviso, salta al olfato de la matriarca, al tacto del barro en las piernas de Sofía o al miedo petrificado de Clara. Es un narrador polifónico y casi cinematográfico: no explica, muestra. La cámara se mueve por el patio, entra al taller, vuela hasta la piara en el monte, y nunca juzga.
Hay dos tiempos superpuestos. Uno es cíclico y rural: el año que dura Sofía, los veinticinco años de Ronaldo reparando la escuela, la memoria de la tía maestra. Otro es explosivo y lineal: la tormenta que comprime horas en minutos, el chillido que corta el silencio, el ataque que dura segundos pero se narra como si fuera una eternidad. El cuento gana tensión porque alterna el tiempo pausado del recuerdo con el tiempo vertiginoso del peligro.
La escuela no es un fondo; es un organismo con galerías, techos de chapa, un patio que «se abre» al recibir a Sofía. El monte, por su parte, no se describe desde fuera; se siente desde adentro: el olfato de la matriarca, el sonido estrepitoso, la penumbra donde «los árboles eran inmóviles a pesar de la brisa». El espacio no es decorado; es agente narrativo: la lluvia apaga la luz, el barro ralentiza la carrera, el granizo astilla el vidrio. Los personajes no actúan sobre el espacio; reaccionan ante él.
El estilo evita la introspección psicologizante. No se nos dice «Sofía sentía miedo»; se nos dice que sus manos temblaron, que la lámpara cayó, que el barro se le metió entre la ropa. Es una narrativa de superficies sensibles: olores (naranja, pólvora, yerba mate), texturas (pelaje mojado, picaporte helado, cabello canoso), sonidos (chillido, chajá, granizo). La emoción no se nombra; se transmite por contagio sensorial.
Los personajes rurales hablan poco y mal. Ronaldo dice «Habrá sido por la segunda de enero»; Clara asiente «sin decir nada». El diálogo es elíptico, casi telegráfico, porque en ese mundo sobran las palabras: se entienden por el gesto, el silencio, el olor a mate. Incluso entre especies hay un diálogo no verbal: el gruñido de la matriarca es «para todos», una comunicación que no necesita traducción.
Lo que esta atrás
1. La ontología del barro: Merleau-Ponty y la carne del mundo
El cuento no comienza con ideas, sino con cuerpos en la materia: la camioneta que pierde color, el pasto que crece, el barro que rebosa. Desde una perspectiva merleau-pontiana, el relato no describe un «mundo de objetos» frente a un sujeto que los observa, sino una intercorporeidad: humanos, animales, tormenta y tierra comparten una misma «carne» elemental.
El momento más denso de esta ontología es cuando Sofía, arrodillada, deja que su cabello mojado roce el hocico de la matriarca. No hay distancia epistemológica aquí; hay reversibilidad del tacto. El animal siente el pelo humano y el humano siente la húmeda aspereza del hocico. Ese contacto no es metafórico: es ontológico. El mundo no se divide en «sujetos» y «objetos», sino en una trama donde el cuerpo de Sofía y el cuerpo de la jabalina son dos pliegues de una misma carne sensible. La escuela, el monte, el barro y la tormenta no son fondos: son el tejido mismo en el que todos los cuerpos se insriben.
2. Ética del rostro y la vulnerabilidad: Levinas y Judith Butler
Emmanuel Levinas sostuvo que la ética nace cuando el rostro del Otro me interpela, cuando su vulnerabilidad me obliga a suspender la violencia. En el cuento, la matriarca tiene un rostro: «Los ojos rojos no veían bien en el amanecer», «sus orejas grandes y móviles ubicaron el chasquido», «los ojos de la matriarca en los suyos». Ronaldo, herido en el barro, mira esos ojos y no es devorado; es reconocido como cuerpo vulnerable.
Judith Butler, por su parte, nos recuerda que la vulnerabilidad no es una falla individual sino una condición compartida de la existencia corpórea. El cuento ilustra esto con crudeza: niños y jabalíes son igualmente frágiles ante el granizo. La escuela no es un bastión de autonomía, sino un espacio donde la precariedad se hace visible. Cuando Sofía devuelve al jabato, no está ejerciendo una «superioridad moral humana»; está respondiendo a la vulnerabilidad del otro con la propia. La ética del cuento no es kantiana (no se trata de deberes universales), sino una ética de la exposición mutua: ambas especies están desnudas bajo la tormenta.
3. La escuela como utopía precaria: Paulo Freire y la pedagogía del encuentro
La escuela n.º 34 es una contradicción en los términos de la modernidad: tiene paneles solares pero lámparas de aceite, escolaridad completa pero un solo aula, horarios que nadie respeta. Paulo Freire concebía la educación no como transferencia de conocimientos, sino como práctica de la libertad en condiciones de opresión. En este sentido, la escuela de Sofía no es una institución fallida; es un acto de fe.
Freire hablaba del «acto de amor» como condición del educador. Sofía vuelve no por el salario ni por la carrera, sino por «esa emoción en el rostro de su tía. En sus palabras, en sus ojos». La escuela rural es, filosóficamente, un espacio de esperanza en medio de la desesperación material. Cuando los niños aplauden al trueno, no están aprendiendo ciencias naturales; están aprendiendo que la comunidad puede convertir el miedo en ritmo. Eso es pedagogía existencial.
4. Posthumanismo y compañeros de especie: Haraway y Derrida
Jacques Derrida problematizó la frontera entre «el animal» y «el humano», mostrando que el filósofo tradicional siempre ha definido al hombre por oposición a una bestia abstracta. En el cuento, esa frontera se desdibuja. La matriarca no es «la bestia» del discurso cartesiano (máquina de instintos); es un sujeto con memoria («como esa vez que vio la sangre oscura de su madre»), con afectos, con lógica social.
Donna Haraway propone pensar en «compañeros de especie» (companion species): relaciones de coevolución donde no hay domesticación unilateral ni dominación, sino «quedar con el problema» (staying with the trouble). Joaquín y el jabato compartiendo la torta de naranja no es una escena de niño y mascota; es un encuentro de compañeros que ignoran la frontera especies. El aroma de naranjas circula entre ambos como un lenguaje común. La matriarca no ataca por maldad; ataca porque su hijo está en territorio humano. Cuando el hijo es devuelto, la violencia cesa. La ética posthumana del cuento dice: no se trata de «salvar» a los animales ni de «dominar» la naturaleza, sino de negociar la coexistencia desde el reconocimiento de que el otro también tiene un mundo.
5. Ser-en-el-mundo y la técnica fallida: Heidegger
Martin Heidegger distingue entre el Zuhanden (la herramienta lista para usar, transparente) y el Vorhanden (el objeto meramente presente, que se impone cuando falla). En el cuento, toda la técnica humana deviene vorhanden bajo la tormenta: la lámpara de aceite «no alcanza», la escopeta resbala «en ese juego de granizo y lodo», los paneles solares son inútiles sin luz, la camioneta pierde color. La tormenta desvela la fragilidad de la técnica como mediación entre el humano y el mundo.
Pero este desvelamiento no es trágico; es revelador. Cuando la técnica falla, los cuerpos vuelven a ser lo que son: seres arrojados en la tierra, expuestos al elemento. Ronaldo no es menos humano por perder el arma; es más humano porque su vulnerabilidad aparece. Sofía no necesita la luz eléctrica para salvar a Joaquín; necesita sus piernas, su voz, su cuerpo en el barro. El cuento propone una ontología de la precariedad técnica: la verdadera casa no es la escuela construida, sino la capacidad de habitar la frontera entre lo construido y lo salvaje.
6. Lo sublime y la disolución de la subjetividad: Kant y Burke
La tormenta en el cuento no es solo meteorología; es una experiencia del sublime. Edmund Burke asociaba lo sublime con el terror moderado, con la sensación de aniquilación que fortalece la subjetividad. Kant, por su parte, veía en lo sublime dinámico (la tormenta, el volcán, el océano) una prueba de que la razón humana trasciende la naturaleza aunque su cuerpo no pueda.
Sin embargo, el cuento desobedece a ambos. Aquí la tormenta no fortalece la subjetividad humana ni la afirma como trascendente; la disuelve en la comunidad del miedo. Los niños aplauden al trueno no para dominarlo, sino para acompasarlo. Sofía no «vence» a la matriarca; se postra ante ella. El sublime del cuento no es antropocéntrico: es ecosistémico. La emoción sublime no nos lleva a la autonomía, sino a la humildad.
7. La filosofía de la tregua: más allá del contrato social
La mayoría de las filosofías políticas occidentales (Hobbes, Locke, Rousseau) parten de un contrato social entre humanos para salir del «estado de naturaleza». Este cuento propone algo distinto: la tregua no es un contrato, es un gesto. Cuando Sofía deposita al jabato entre las patas de la matriarca, no hay palabras, no hay ley, no hay Estado. Hay un intercambio de cuerpos que funda una paz provisional.
La matriarca gruñe «para todos». Ese gruñido no es una amenaza residual; es una constitución. Es la ley de la piara, sí, pero también es el reconocimiento de que la entrega ha sido aceptada. La filosofía del cuento no es la del Leviatán (el soberano que monopoliza la violencia), sino la de la frontera abierta: un espacio donde la ley humana y la ley del monte no se anulan, sino que coexisten en tensión. La escuela n.º 34 no está «dentro» de la civilización; está en la línea de contacto.
Conclusión: una filosofía del umbral
El cuento es, en última instancia, un poco de filosofía disfrazado de relato rural.
Su tesis central podría formularse así: la humanidad no se define por la capacidad de dominar la naturaleza, sino por la capacidad de reconocer en el otro —incluso en el otro animal— una vulnerabilidad compartida que suspende la violencia.
Sofía no es una heroína moderna; es una figura del umbral. No conquista el monte, no civiliza a los jabalíes, no «salva» la escuela con tecnología. Lo que hace es mucho más difícil: permanecer en la frontera, con los pies en el barro, el cabello tocando el hocico de la bestia, y elegir la entrega sobre el disparo.
El cuento sugiere que la verdadera filosofía no se escribe en las ciudades, sino en los lugares donde la luz se va, donde la escopeta resbala, donde el único recurso que queda es el cuerpo expuesto al mundo. Una filosofía del barro, del olor a naranjas, del gruñido que es, también, una forma de pensamiento.

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