Cuando bajaron del taxi, los aromas a especias los recibieron.
La acera estaba repleta de colillas de cigarros de ese día. Tres de ellas formaban una figura rara sobre el mosaico.
Al cerrar la puerta, el conductor les dijo:
—Tened cuidado, que por esta zona os arrebatan el móvil.
Ella sostuvo sus maletas junto al cuerpo mientras su marido buscaba la dirección del apartamento.
A unos metros un hombre con una túnica dorada, algo raída, los observaba. Llevaba a su boca un resto de cigarro. De vez en cuando simulaba tirarlo, pero volvía en busca de la última pitada.
Sostenía uno de sus pies sobre el borde de una tarima de concreto en la plaza frente al edificio en la calle Ministerios 21 de Lavapiés. Su mirada se perdía entre el cielo iluminado y los ocres de los edificios.
El turista observó callado a ese hombre en la plaza y señaló a su esposa la puerta para que se acercara, mientras descifraba un código secreto de cuatro números para ingresar.
El recibidor estaba impecable, los pisos brillaban. «Menos mal», pensó, hasta que vio que el ascensor no funcionaba.
Subieron con esfuerzo las escaleras de mármol. En un descanso escucharon voces catalanas nacidas en el interior de los pasillos:
—Pues, te he dicho que si vuelven a hacer ruido esta noche… nos vamos, no se puede más, vale.
—Es que no entiendo por qué esa gente se pelea de esa manera, ¡coño!
El departamento era pequeño, pero tenía casi todo; solo le faltaba un hervidor.
La ventana tenía una pesada cortina amarilla. Ella la movió para ver…
La calle parecía mostrarse audaz, capaz de todo.
Ambos quedaron atraídos por los cristales que daban a la plazoleta. Dos mujeres musulmanas cubiertas con telas oscuras miraban a unas niñas con sus ropas de calle y sus rostros al viento. Una ventisca movió los cabellos castaños sobre cada risa.
El hombre de la túnica dorada tiró su cigarro mientras sacaba otro de uno de los bolsillos laterales. Una de las niñas corrió cerca de él.
Desde la ventana ella codeó a su marido.
—¿Cuándo les tapan el rostro a las niñas?
—No estoy seguro, pero supongo que al hacerse señoritas.
En la ventana del edificio del frente colgaba orgullosa una bandera de la diáspora africana que se movió siguiendo la brisa. Detrás de ella observaron a una mujer negra con una capucha marrón que mantenía su mirada en la plaza hasta que los vio.
Ambos bajaron la cabeza al mismo tiempo.
—¿Por qué hiciste eso? —le recriminó ella.
—¡Tú también bajaste!
Ambos subieron sus rostros en busca de la mujer, pero ya no estaba; las cortinas protegían ciertas historias.
Al poco tiempo bajaron en busca de alimentos.
Ya el sol se alejaba de la ruidosa calle Lavapiés. Un supermercado estaba cerca; caminaron unas cuadras mientras el hombre de la túnica dorada los siguió sin disimulo.
Ellos estaban tan distraídos con los negocios de comida hindú y las invitaciones a probar sus sabores que no se percataron.
En la puerta ambos se detuvieron unos minutos. Un muchacho rubio estaba en el suelo en posición de súplica. Elevaba sus manos ocultando el rostro con un vaso que buscaba monedas.
Él se percató de las zapatillas nuevas. Se acercó a su pareja y le murmuró al oído:
—No parece adicto.
Ella elevó sus hombros mientras buscaba en las góndolas repletas. Entre café y galletas se coló una tortilla española, de las que tienen cebolla caramelizada.
La gente se movía como hormigas hacia las cajas. Altos, bajos, de traje, de pantalones cortos. Uno llevaba el mate y el termo bajo el brazo.
Ya les tocaba el turno para pagar cuando una mujer con un cochecito los empujó para pasar.
Ambos se corrieron y ella se adelantó en la caja.
La cola era interminable y el malestar también.
Una mujer de atrás comenzó a gritar.
—¡Qué te has creído, mujer! El turno es para todos, que llevamos tiempo en esta fila, ¡para venir como quieras!
La cajera miró a la joven negra y negando con el rostro le dijo:
—¡Mujer, debéis hacer la fila como todos!
Los ruidos ensordecían a las personas y la joven africana bajó la capucha marrón y señaló a su niña en el coche.
La pareja de turistas observó el rostro risueño y las múltiples colitas en los cabellos de la bella niña.
La cajera fue tomando sus productos; él dejó la tortilla sobre la cinta sin poder dejar de ver los ojos marrones de la criatura.
En ese momento fue cuando la madre salió corriendo en busca de algo a la puerta del supermercado.
Solo quedó la niña con ellos frente a la cinta.
—Ya viene tu mamá —dijeron a coro.
Ella los miraba curiosa mientras la mujer del fondo preguntaba a viva voz:
—¡Mujer, no dejes así a tu criatura, joder!
Él sintió la mano de su esposa al rescate. Al salir del local vieron que el hombre de la túnica dorada le daba dinero a la joven negra que volvía apresurada a la caja. Al pasar al lado se detuvo. Sus ojos negros, su pañuelo sosteniendo un resorte de cabello. La capucha descubierta. Su boca entreabierta.
Silencio.
Ni los autos se escuchaban.
Cuando el batifondo regresó, las colillas rebotaban al paso firme de ambos entre los mosaicos y los zócalos hasta llegar al apartamento.
—¿Te das cuenta de que los edificios están preciosos a partir del primer piso?
Las plantas bajas estaban intervenidas con carteles variopintos de letras y olores.
Los contenedores repletos de residuos y cajas malolientes en el centro de la acera.
«Un mundo a los pies y otro en el techo»
pensó él.
—Es como si en la calle… no viviera nadie.
—Están de paso, de préstamo.
A ambos les costó dormir.
—No es lo mismo que te vayas porque quieres que tu país te eche.
—¿No será que hay que convencerse de eso?
—¿De que te quieres ir?
Ella no le contestó y se giró hacia el lado de la mesa de luz.
Cuando él abrió los ojos, al segundo grito en la calle, ella ya estaba parada en la ventana.
Se acercó a ver.
—Está pasando algo —le dijo.
Él vio a dos personas en el medio de la calle frente a la plazoleta.
Los faroles amarillentos los iluminaban dando sombras curiosas sobre los juegos para niños.
—¿Qué pasa?
—Ella, la más grandota —le dijo señalando una silueta con cabello rojo— le está reclamando que se lo devuelva.
Él miró a ambas. La más pequeña tenía un pantalón corto de jeans y unas botas cortas negras. Una camiseta azul pegada al cuerpo. Colgado del hombro un bolso tejido de color negro. El pelo castaño caía con algunos rulos sobre los hombros, que tenían tatuado un nombre o una frase. No veía bien.
La más grande, a pesar de su altura, llevaba tacos. Un vestido amarillo y collares. Ahí escuchó un nuevo grito:
—Que eres una gilipollas, tía, te he dicho que es mío.
—Pero ¿quién te has creído? ¡Jirafa vieja! Él me ha elegido a mí, ¡coño! —dijo la más pequeña aferrando su bolso.
Miró los ojos sorprendidos de su mujer, que buscaba encontrar el botón de la cámara de su celular.
—Es un travesti enorme —le dijo.
—Sí. Debe estar cerca de los dos metros.
—Y ella es muy jovencita. Me hace acordar a la hija de tu prima… ¿cómo se llamaba?
—¿La hija de Irene?
—Sí.
—No… nada que ver.
—Mira la ventana del frente —le dijo su mujer.
En los cristales, iluminada por una luz tenue, estaba la joven negra meciendo a su hija.
—¿Qué hago, la saludo?
—Por favor…
Otro reclamo ruidoso en el centro de la calle los devolvió a la plaza.
—Eres una ingrata, niñata. Que te maté el hambre cuando llegaste y con eso me has pagado —dijo acomodando su melena roja sobre uno de sus hombros.
El tono aflautado de la voz transmitía un vibrato cercano al llanto.
—Pero, mujer, cuando me has dicho que me busque otro cuarto, él me ha preferido.
—Que eres injusta. Te he comprado hasta condones para cuidarte y me sales con esas.
—Pero tú me has echado, ¡coño! —gritó la pequeña.
—¡Pero si te encontré en la cama con él!
En el cuarto la mujer encendió la luz.
—No, no puede hacer eso —dijo ofendida.
Él prestó atención a ruidos en el departamento de al lado.
—¡Están abriendo la ventana!
Ellos hicieron lo mismo. Asomados, reconocieron las voces catalanas del pasillo.
—Oye, termina este cuento de una vez, que llevamos una semana de estos encuentros a la madrugada, ¡joder!
La travesti miró a los apartamentos y dijo:
—Estoy sola desde que nací. Nunca tuve casa hasta que él apareció. Sin él no habito nada. Me hago bruma y desaparezco.
Ambos turistas miraron el cuarto del frente; la niña estaba despierta en brazos de su madre.
La mujer joven en el medio de la acera abrió su bolso tejido y sacó algo.
—¿Qué es? —preguntó él.
Su esposa sacó la foto con el celular.
Abajo, el travesti se abrazaba a la mujer.
—¿Qué pasó? —preguntó el turista.
—No lo puedo creer.
—No te entiendo.
—Mira la foto —sugirió la esposa.
El hombre amplió con sus dedos la imagen.
—¿Es un gato?
—Sí.
Los aplausos se sintieron desde los balcones. Y las mujeres de al lado gritaron al unísono:
—¡Olé!
Los olores, los sabores y las historias de Lavapiés se fueron a dormir, por lo menos esa noche.
Nota de Autor
Cuando construí Lavapiés, busqué que la arquitectura narrativa funcionara como un espejo de la propia mirada turística. Utilicé un narrador heterodiegético en tercera persona, pero con una focalización interna casi claustrofóbica en la pareja de visitantes. Esta elección es deliberada: el narrador no lo sabe todo, sino que solo sabe lo que ellos alcanzan a ver, oler o malinterpretar desde su trinchera.
El departamento turístico, las escaleras de mármol y, sobre todo, esa ventana sobre la plazoleta funcionan como dispositivos de encuadre. La ventana y la pantalla del celular no son simples elementos del escenario, sino verdaderas herramientas narrativas de distanciamiento que convierten la calle en un escenario y a sus habitantes en actores mudos.
En esa percepción, la voz de los personajes marginados está confiscada: la mujer de la diáspora africana en el supermercado no habla porque nadie en esa calle la deja hablar; su conflicto lo verbalizan otros, la juzgan a viva voz y la interpelan, pero jamás se escucha su testimonio. Esa aparente ausencia de diálogo no es una laguna en la historia, sino la estructura misma sobre la que se erige la sordera social y el voyeurismo contemporáneo.
Elegir la calle Ministerios, en el corazón de Lavapiés, responde a la carga histórica que arrastra ese rincón de Madrid. Desde que fuera un arrabal extramuros de la antigua judería y posterior cuna del casticismo madrileño, Lavapiés ha sido el recipiente histórico de todas las migraciones. Allí donde las cigarreras de la Real Fábrica de Tabacos impulsaron las primeras luchas obreras del siglo XIX, hoy converge un mapa multicultural donde los comercios hindúes, las telas africanas y las bolsas de residuos se cruzan con la gentrificación implacable de las cerraduras electrónicas. Colocar a dos espectadores a descifrar ese choque cotidiano desde un piso alquilado era la forma de confrontar dos maneras de estar en la ciudad: la de quienes la consumen de paso con la maleta a mano y la de quienes la habitan con el cuerpo, en un territorio donde la frontera entre el hogar y la intemperie es cada vez más difusa.
En el fondo, la propuesta filosófica del relato habita en esa tensión entre el voyeurismo y la ética de la mirada. Inspirado en esa idea de que el rostro del otro nos exige una respuesta, el texto muestra la cobardía de la observación protegida: ante el contacto directo, la pareja baja la cabeza o se refugia en la tecnología. La ventana y el zoom de la cámara funcionan como escudos que permiten procesar la fragilidad ajena como un espectáculo estético sin asumir el costo de involucrarse. Sin embargo, la realidad termina desmantelando los prejuicios del observador. En la escena final, mientras el turista amplía la imagen con los dedos buscando confirmar una tragedia o una sospecha turbia, el texto lo golpea con una resolución absurdamente doméstica: una disputa apasionada por un gato. La mirada distante cree aprehender la verdad del mundo porque la fotografía y la categoriza, pero la vida concreta, con sus dolores y sus afectos mínimos, siempre se le termina escapando por las costuras

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